Hunga Tonga oxidó parte del metano en la estratosfera

Hunga Tonga oxidó parte del metano en la estratosfera

Un estudio estima que Hunga Tonga oxidó parte del metano estratosférico; el formaldehído reveló la reacción.

Por Humberto Toledo el 16 de septiembre del 2026 a las 10:23 am PDT

✨︎ Resumen (TL;DR):

  • Un estudio publicado en Nature Communications el 7 de mayo de 2026 vinculó la nube de Hunga Tonga con la oxidación parcial del metano estratosférico.
  • TROPOMI registró hasta 12 partes por mil millones (ppb) de formaldehído a unos 30 kilómetros de altura, con una incertidumbre de ±10%.
  • La erupción inyectó al menos 330 gigagramos de metano, pero la reacción no eliminó toda la carga liberada.

Un estudio publicado en Nature Communications el 7 de mayo de 2026 estima que la nube de la erupción submarina de Hunga Tonga-Hunga Ha’apai aceleró la oxidación de parte del metano que llegó a la estratosfera. El equipo analizó observaciones de TROPOMI, a bordo del satélite Sentinel-5P, y detectó formaldehído a unos 30 kilómetros de altura, una señal que persistió durante al menos 10 días. El resultado apunta a una reacción química en la nube, pero no a la neutralización completa de su impacto climático.

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El formaldehído reveló la reacción desde el espacio

El formaldehído (HCHO) es un intermediario químico de vida corta que aparece cuando el metano reacciona con sustancias oxidantes de la atmósfera. Dura pocas horas. Por eso, una acumulación antigua no explica fácilmente una concentración elevada que permanece asociada con una nube volcánica.

El equipo siguió la nube de Hunga con datos de TROPOMI, un instrumento a bordo del satélite Sentinel-5P. La medición resultó especialmente útil porque el volcán estaba sobre el océano y los satélites tienen más dificultades para observar directamente el metano sobre superficies marinas oscuras.

Las longitudes de onda ultravioleta permiten observar el formaldehído y usarlo como señal indirecta de la oxidación. TROPOMI registró una concentración de hasta 12 partes por mil millones (ppb) de HCHO dentro de la pluma estratosférica, a unos 30 kilómetros de altitud. La medición tuvo una incertidumbre de ±10%.

La señal persistió durante al menos 10 días. Esa duración sugiere que la producción del intermediario continuó mientras la nube se desplazaba, en lugar de representar un pulso aislado justo después de la explosión.

Sal, ceniza y luz solar: la hipótesis del cloro

La explicación propuesta combina materiales que Hunga expulsó debido a su condición de volcán submarino. La erupción lanzó ceniza y grandes cantidades de agua de mar hacia la estratosfera. En las partículas volcánicas recubiertas de sulfato, el hierro y el cloruro procedente de la sal pudieron formar compuestos capaces de liberar átomos de cloro al recibir luz solar.

El cloro reacciona con el metano y acelera su transformación. El proceso se parece a una reacción observada en la troposfera, cuando el polvo del Sahara se mezcla con sal marina transportada por el océano Atlántico. El estudio propone que una química similar pudo ocurrir mucho más arriba, bajo condiciones estratosféricas.

El mecanismo sigue siendo una hipótesis plausible. La oxidación observada requeriría una producción primaria estimada de entre 2 y 5 gigagramos de cloro por día, una cantidad que los mecanismos conocidos no explican por completo. La fotoquímica del cloruro de hierro sobre ceniza volcánica recubierta de sulfato es una explicación posible, pero todavía necesita más comprobaciones.

La reacción fue parcial y no resolvió el impacto climático

Los autores estiman que la erupción inyectó al menos 330 gigagramos de metano en la estratosfera. La oxidación calculada promedió 900 ± 220 megagramos de metano por día. El balance deja claro que el proceso transformó una fracción del gas, no toda la carga liberada por Hunga Tonga.

El interés climático del metano está ligado a su potencia y a su vida relativamente corta. En un periodo de 20 años, calienta la atmósfera aproximadamente 80 veces más que una cantidad equivalente de dióxido de carbono. El gas suele permanecer cerca de una década antes de que la química atmosférica lo transforme, por lo que reducir sus emisiones puede producir beneficios climáticos más rápidos que los asociados con el CO₂.

Eso no convierte la química de Hunga en una solución lista para usarse. Reducir el metano no sustituye los recortes de dióxido de carbono, y cualquier intento deliberado de modificar reacciones atmosféricas tendría que evaluar sus efectos secundarios y su seguridad.

Una señal para medir el metano que desaparece

La aportación metodológica del trabajo consiste en mostrar que una señal de formaldehído observada desde el espacio puede servir para estimar pérdidas de metano incluso sobre el océano, donde medir directamente el gas tiene limitaciones.

Esta técnica podría ayudar a comprobar futuras propuestas de eliminación de metano, siempre que logren demostrar que la reducción es real y cuantificable.

El hallazgo también puede obligar a revisar los balances globales de metano. Esos cálculos reúnen las fuentes del gas, como la agricultura, los combustibles fósiles, los humedales y la actividad geológica, y las comparan con los procesos que lo retiran de la atmósfera.

Si la ceniza volcánica y otros polvos minerales aceleran la oxidación bajo ciertas condiciones, una parte de esa química podría haber quedado fuera de las estimaciones.

Hunga Tonga dejó un experimento natural extremo: la misma nube que transportó gases y partículas hasta la estratosfera mostró que la sal, el hierro y la luz solar pueden modificar el destino del metano. La lección inmediata es medir mejor ese proceso y sus límites; reproducirlo de forma deliberada todavía exigiría evidencia de seguridad y eficacia.

Fuentes: 1, 2, 3

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