✨︎ Resumen (TL;DR):
- Tres psiquiatras proponen que los médicos integren actividad física adaptada a cada paciente dentro de la atención de la salud cerebral.
- Una revisión de 2024 reunió 218 estudios y 14,170 participantes con depresión; encontró reducciones de síntomas, pero con confianza baja o muy baja.
- Un metaanálisis observó un riesgo relativo de depresión 18% menor con unos 75 minutos semanales de actividad moderada, una asociación que no equivale a una dosis terapéutica.
Carl Zhou y Nicholas Fabiano, de la Universidad de Ottawa, y Stanley Wong, de la Universidad de Toronto, proponen que los médicos integren el ejercicio a la atención de la salud cerebral con planes adaptados a cada paciente. En un artículo de opinión revisado por pares, publicado en Brain Health el 3 de noviembre de 2026, sostienen que la actividad física puede complementar medicamentos, psicoterapia y otras intervenciones, con medidas de seguridad y seguimiento.
Los tres autores reunieron resultados de ensayos, revisiones y estudios de seguimiento para defender la propuesta. El texto no presenta un nuevo ensayo clínico ni una guía médica obligatoria. Plantea una forma de incorporar la actividad física a una atención más amplia, sin desplazar los tratamientos que el paciente ya recibe.

Una indicación que se pueda seguir
Para los autores, decirle a una persona que haga ejercicio no basta. La indicación tendría que especificar:
- el tipo de actividad;
- la frecuencia;
- la intensidad;
- la duración.
El plan también tendría que considerar las condiciones médicas, el nivel inicial de condición física, las preferencias del paciente, las barreras de acceso y una revisión posterior. La actividad física quedaría así dentro de una atención que puede incluir medicamentos, psicoterapia y otras intervenciones.
La evidencia sobre depresión tiene límites
Una de las investigaciones citadas es una revisión publicada en The BMJ en 2024. Sus autores analizaron 218 estudios con un total de 14,170 participantes que cumplían criterios clínicos de depresión.
Al comparar los programas con grupos de control, encontraron reducciones de síntomas asociadas con caminar o trotar, practicar yoga y hacer ejercicios de fuerza. El resultado, sin embargo, necesita una lectura cuidadosa: solo uno de los estudios cumplió los criterios para considerarse de bajo riesgo de sesgo.
La confianza en los resultados fue baja para caminar o trotar y muy baja para las demás intervenciones evaluadas. Los datos respaldan considerar el ejercicio como una opción dentro del tratamiento, pero no establecen que una rutina concreta funcione igual para todas las personas ni que sustituya la atención que ya reciben.
El 18% no es una dosis de tratamiento
El artículo de Brain Health también cita un metaanálisis de 2022 publicado en JAMA Psychiatry. El análisis reunió 15 estudios de seguimiento con 191,130 adultos.
Las personas que registraron una cantidad de actividad equivalente a unos 75 minutos semanales de ejercicio moderado presentaron un riesgo relativo de depresión 18% menor que quienes no reportaron actividad.
Ese dato describe una asociación entre grupos, no una reducción garantizada para cada persona. Los estudios eran observacionales: no prueban que el ejercicio por sí solo haya causado la diferencia ni establecen que 75 minutos sean una dosis de tratamiento para la depresión.
Como referencia de salud pública, la Organización Mundial de la Salud recomienda a los adultos entre 150 y 300 minutos de actividad aeróbica moderada por semana, o entre 75 y 150 minutos de actividad intensa, además de ejercicios de fortalecimiento muscular al menos dos días. Son objetivos generales; la propuesta de los psiquiatras pide adaptar el punto de partida a cada paciente.
El posible vínculo entre músculo y cerebro
El eje músculo-cerebro es una vía biológica que describe cómo las señales liberadas por los músculos pueden interactuar con procesos relacionados con el estado de ánimo y la cognición. Zhou, Fabiano y Wong lo presentan como una de las vías posibles: cuando los músculos se contraen, liberan moléculas de señalización llamadas miocinas, que interactúan con procesos metabólicos, inflamatorios y otros sistemas.
Los autores advierten que ese mecanismo es solo una parte de la explicación. También mencionan el sueño, la salud vascular y factores psicológicos y sociales.
En cuanto a la demencia, la relación entre actividad física y un menor riesgo proviene en gran parte de estudios observacionales. Por eso, los datos no permiten afirmar que el ejercicio evite por sí solo esa enfermedad.
El artículo también aborda la esquizofrenia. Algunos ensayos apuntan a posibles mejoras cognitivas con ejercicio aeróbico, pero los estudios disponibles son limitados y tienen muestras pequeñas. Los autores piden investigaciones más amplias.
Seguridad, motivación y acceso también cuentan
La propuesta incluye revisar la seguridad antes de aumentar la actividad. Síntomas cardíacos o respiratorios inestables, caídas recientes y otras condiciones médicas pueden requerir una evaluación, supervisión o una pausa. El nivel inicial de condición física y las preferencias del paciente también deben entrar en la decisión.
La depresión puede dificultar el comienzo de una rutina por la falta de energía o motivación. Según las circunstancias, un punto de partida podría ser una caminata breve, ejercicios en una silla o un programa supervisado.
“El punto de partida no tiene que ser impresionante. Tiene que ser posible”, dijo Nicholas Fabiano en un comunicado de Genomic Press.
Los autores señalan que una receta será difícil de seguir si ignora obstáculos como el costo, el transporte o la falta de programas accesibles. La propuesta, por ahora, pide convertir la actividad física en una indicación concreta y revisable, no en una cifra idéntica para todas las personas.
