La IA espacial procesa datos, no controla megaconstelaciones

La IA espacial procesa datos, no controla megaconstelaciones

China ya procesa datos con IA en 12 satélites; controlar miles aún exige seguridad y control humano.

Por Humberto Toledo el 4 de agosto del 2026 a las 7:38 am PDT

✨︎ Resumen (TL;DR):

  • China puso 12 satélites de cómputo en órbita el 14 de mayo de 2025 para procesar información y ejecutar modelos de IA.
  • La constelación reporta 5 petaflops, 20 modelos y una meta de cerca de 1,000 satélites para 2032; ADAspace plantea 2,800 para 2035.
  • NASA ya prueba decisiones autónomas, pero controlar redes completas todavía exige seguridad, auditoría y límites para la intervención humana.

China ya puso en órbita 12 satélites de cómputo que procesan datos y ejecutan modelos de IA, mientras NASA ha probado decisiones autónomas en satélites. El proyecto Three-Body llevó su primer grupo al espacio el 14 de mayo de 2025 para analizar imágenes antes de transmitirlas a tierra. Las redes de 1,000 o 2,800 satélites todavía son metas anunciadas: una IA que administre una megaconstelación requerirá pruebas, ciberseguridad, reglas de responsabilidad y límites claros para el control humano.

La computación orbital es una infraestructura que procesa información y ejecuta modelos de IA directamente en satélites, antes de enviar a tierra todo el material capturado.

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El avance más concreto está en la constelación de cómputo Three-Body, impulsada por Zhejiang Lab junto con socios como la empresa aeroespacial ADAspace. Su primer grupo de 12 satélites despegó el 14 de mayo de 2025 desde el Centro de Lanzamiento de Satélites de Jiuquan, a bordo de un cohete Long March 2D.

Xinhua presentó el despliegue como la primera constelación operativa dedicada al cómputo espacial. China Daily, con base en cifras proporcionadas por los responsables del proyecto, atribuyó al conjunto una capacidad de 5 petaflops, equivalente a 5,000 billones de operaciones de punto flotante por segundo.

Con corte a julio de 2026, el proyecto reportaba:

  • 20 modelos de IA desplegados en los satélites.
  • Un modelo de percepción remota con 8,000 millones de parámetros.
  • Enlaces láser y de microondas para intercambiar información entre los aparatos.
  • Capacidad para actualizar modelos de forma remota desde tierra.
  • Pruebas de detección autónoma de incendios, monitoreo de cultivos y seguimiento de la contaminación atmosférica.

“Por eso la IA debe llevarse al espacio”, dijo Li Chao, ingeniero jefe de la iniciativa en Zhejiang Lab.

Li calcula que un satélite de observación puede producir alrededor de 0.1 petabytes diarios. Si más de 3,000 satélites de ese tipo operaran en 2032, generarían unos 300 petabytes cada día. El cálculo pertenece al propio proyecto, pero expone el cuello de botella: enviar todo ese material a estaciones terrestres para procesarlo resulta lento y consume un ancho de banda limitado.

La propuesta consiste en analizar las imágenes donde se generan. Un satélite puede descartar capturas inútiles, reconocer un incendio o identificar contaminación antes de transmitir únicamente el resultado relevante.

La etiqueta IA no describe el mismo nivel de autonomía

Que un modelo funcione en órbita no significa que pueda pilotar una nave. Buena parte de la autonomía espacial existente se concentra en tareas delimitadas, probadas con anterioridad y sujetas a reglas estrictas.

NASA lo demostró con Dynamic Targeting, una tecnología probada en el CubeSat CogniSAT-6. El sistema observó hasta 500 kilómetros por delante de su trayectoria, analizó imágenes para reconocer nubes y decidió hacia dónde apuntar el instrumento. Todo el proceso tomó entre 60 y 90 segundos, sin intervención humana.

Con los satélites Starling, la agencia también probó autonomía distribuida. El software permitió que varias naves compartieran su estado, planearan acciones, corrigieran problemas operativos y distribuyeran actualizaciones entre ellas. Es un antecedente directo de lo que necesitaría una constelación que ya no pueda depender de operadores tomando cada decisión desde tierra.

ADAspace ensayó otra ruta. Xinhua señaló que la compañía instaló el modelo general Qwen3 en su centro orbital de cómputo durante noviembre de 2025. El experimento muestra que un modelo de lenguaje puede ejecutarse en una red espacial, pero el reporte no indica que Qwen3 controle la navegación, evite colisiones o reasigne recursos de la constelación.

Miles de satélites aparecen en los planes, no en órbita

Las cifras más llamativas corresponden a hojas de ruta futuras y deben leerse como metas de sus promotores:

  • Zhejiang Lab planea llegar a unos 100 satélites en 2027 y a una red cercana a 1,000 aparatos en 2032. Li estima que esa escala permitiría observar cualquier punto del planeta aproximadamente cada 3 minutos.
  • ADAspace proyecta una red comercial de 1,000 satélites para 2030 y el despliegue completo de 2,800 aparatos en 2035, conectados con más de 100 centros de datos terrestres.

Los reportes citados no precisan si ambas hojas de ruta son fases del mismo programa, redes complementarias o planes parcialmente superpuestos. Tampoco detallan todos los contratos de lanzamiento, las fuentes de financiamiento ni las capacidades de fabricación necesarias para cumplir esos calendarios.

Por ahora, el dato desplegado es 12 satélites de cómputo en órbita. Las cifras de 100, 1,000 y 2,800 son metas anunciadas por Zhejiang Lab y ADAspace, no redes ya desplegadas.

Controlar una red exige reglas, no solo potencia

Martin Halliwell, socio de NewSpace Capital y antiguo director de tecnología de SES, planteó en una columna para Space.com que las constelaciones de cientos o miles de satélites ya no pueden administrarse con el mismo modelo humano utilizado para unas cuantas naves.

Una IA podría ajustar haces de comunicación, redistribuir capacidad, detectar fallas y responder a cambios en la demanda. La dificultad aparece cuando una decisión sale mal. Si el sistema apunta una señal hacia el lugar equivocado, interfiere con otro servicio o provoca daños, la responsabilidad legal podría repartirse entre el operador, el fabricante y el proveedor del software.

Antes de darle más control a estos sistemas, cada misión tendría que resolver varios puntos:

  • El hardware y los modelos deben funcionar de forma confiable bajo las condiciones térmicas y ambientales del espacio.
  • Los enlaces entre satélites necesitan suficiente velocidad y tolerancia a fallas para sostener el procesamiento distribuido.
  • Cada misión debe definir qué decisiones puede tomar el sistema y cuáles requieren autorización humana.
  • Los operadores necesitan pruebas reproducibles, mecanismos de recuperación y registros que permitan auditar cada acción.
  • La ciberseguridad debe proteger modelos, comandos y datos sensibles frente a accesos no autorizados.
  • Los costos de lanzamiento, fabricación masiva y reemplazo de satélites deben encajar en un negocio sostenible.

Halliwell señala que muchos operadores aceptan que la IA recomiende acciones, pero menos compañías están dispuestas a dejarla mover capacidad o modificar una red sin aprobación humana. La adopción apunta a una autonomía escalonada.

El alcance global depende de la infraestructura terrestre

Liu Yaoqi, presidente de la empresa china Comospace, sostuvo ante Global Times que la computación orbital podría ampliar el acceso a recursos de IA en regiones alejadas de los centros de datos y las redes terrestres. Esa posibilidad todavía depende de terminales en tierra, espectro disponible, permisos, estándares compatibles y condiciones comerciales que permitan utilizar el servicio.

En México y América Latina, el beneficio más cercano podría ser recibir más rápido alertas de incendios, datos agrícolas, mediciones de contaminación e información sobre emergencias. Si el satélite procesa primero la observación, puede transmitir una alerta compacta en vez de esperar a descargar grandes archivos para analizarlos.

También existe una dimensión estratégica. Mathieu Luinaud argumentó en Via Satellite que las constelaciones distribuidas ofrecen observaciones más frecuentes, reducen los puntos únicos de falla y pueden convertir imágenes en información utilizable aun cuando el enlace terrestre esté congestionado o bajo ataque. Esa capacidad sirve para atender desastres, pero también puede acortar los tiempos de inteligencia y decisión militar.

El beneficio inmediato de la IA espacial ya puede medirse: menos datos inútiles enviados a tierra y respuestas más rápidas ante observaciones concretas. El control autónomo de miles de satélites requerirá otra escala de validación. Los 12 aparatos desplegados muestran que el procesamiento orbital funciona; las megaconstelaciones siguen, por ahora, sobre el papel.

Fuentes: 1, 2, 3, 4

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