Un metro cúbico lunar para buscar tecnología alienígena

Un metro cúbico lunar para buscar tecnología alienígena

El Instituto SETI propone revisar un metro cúbico lunar en busca de partículas tecnológicas entre el polvo natural.

Por Humberto Toledo el 9 de septiembre del 2026 a las 7:28 am PDT

✨︎ Resumen (TL;DR):

  • El Instituto SETI propone examinar alrededor de un metro cúbico de regolito lunar en busca de partículas tecnológicas menores a una micra.
  • Para las partículas de Arkhipov, un resultado negativo descartaría más de 0.1 masas terrestres de material artificial duradero dispersado, en promedio, por cada estrella de tipo solar.
  • Las muestras de Chang’e-6 muestran que la Luna produce nanotubos de carbono de pared simple, por lo que habrá que descartar estructuras naturales antes de identificar una pieza fabricada.

El Instituto SETI propuso el 8 de septiembre de 2026 examinar alrededor de un metro cúbico de regolito lunar en busca de partículas de origen tecnológico menores a una micra. El preprint, encabezado por Lewis Pinault, científico afiliado del instituto e investigador de Birkbeck College, no reporta ningún hallazgo: presenta el primer marco cuantitativo para poner a prueba si esos restos pudieron acumularse en la Luna.

El trabajo también lleva las firmas de Brian C. Lacki, Ian A. Crawford y Andrew P. V. Siemion. El manuscrito está en revisión en el International Journal of Astrobiology. Su resultado más concreto depende de un caso específico: si el metro cúbico no contiene partículas candidatas, permitiría descartar que las estrellas de tipo solar hayan dispersado, en promedio, más de unas 0.1 masas terrestres de material artificial duradero durante toda la historia de la Vía Láctea. Eso equivale a una décima parte de la masa de la Tierra por estrella.

La cifra varió entre versiones. El preprint publicado en arXiv el 23 de junio de 2026 fijaba el techo en 0.09 masas terrestres; la versión que los autores reenviaron a la revista el 17 de agosto lo redondeó a 0.1.

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La física del viaje favorece al regolito lunar

La idea se remonta a los años noventa. El astrónomo ucraniano Oleksiy Arkhipov propuso que restos microscópicos de naves, sondas o actividad industrial ajenas podían viajar por el espacio interestelar y acumularse en superficies antiguas y estables, como la Luna.

Pinault y sus coautores separan dos categorías. Una partícula de Arkhipov es un fragmento microscópico de nave, sonda o actividad industrial dispersado sin intención. Una partícula de Bracewell es un dispositivo micrométrico diseñado para registrar, sensar o incluso replicarse de forma limitada y enviado deliberadamente hacia el Sistema Solar interior. Los autores consideran esta segunda categoría más especulativa.

El modelo incluye arrastre de gas y erosión por sputtering. Con esos efectos, partículas refractarias de alrededor de 0.3 micras de radio, unos cientos de veces más delgadas que un cabello, pueden recorrer escalas de kiloparsecs durante tiempos de residencia de entre 100 y 1,000 millones de años.

La presión de radiación solar y el filtrado de la heliosfera dejan abierto un canal de llegada lenta. Una fracción pequeña de esos granos podría alcanzar el sistema Tierra-Luna a velocidades compatibles con sobrevivir al impacto.

La Luna ofrece una condición favorable para conservarlos. No tiene atmósfera que frene el material, y su velocidad mínima de impacto es de 2 km/s, frente a los 11 km/s de entrada mínima en la Tierra. Además, su superficie lleva unos 4,000 millones de años acumulando material sin agua ni geología activa que lo borre.

Un resultado negativo no significa lo mismo

El estudio separa dos poblaciones y añade un caso límite de liberaciones muy raras. Por eso, un metro cúbico sin hallazgos no tendría la misma lectura en todos los escenarios:

  • Partículas de Arkhipov: son restos industriales o de exploración dispersados sin intención, con un flujo isotrópico integrado durante toda la historia galáctica. Un resultado negativo permitiría concluir que una estrella de tipo solar no dispersa, en promedio, más de unas 0.1 masas terrestres de material artificial duradero.
  • Partículas de Bracewell: son dispositivos micrométricos enviados deliberadamente hacia el Sistema Solar interior. El límite anterior no aplica a esta población y los autores estiman que su probabilidad de detección puede ser órdenes de magnitud mayor.
  • Liberaciones muy raras: los granos permanecen agrupados en regiones de unos 100 parsecs alrededor de su origen y nunca se mezclan en el disco galáctico. Si el Sistema Solar jamás cruzó una de esas regiones, el análisis no permitiría fijar ningún límite, sin importar cuánto material exista.

Los autores calculan que, por debajo de un umbral de liberación del orden de 1 evento por cada varios cientos de miles de estrellas parecidas al Sol durante toda la historia galáctica, el Sistema Solar difícilmente habría atravesado siquiera una región cargada de granos.

Loeb cuestiona el tamaño de la muestra

Avi Loeb, catedrático de la Universidad de Harvard y director del Proyecto Galileo, publicó su lectura del preprint el 8 de septiembre. No firma el trabajo y lleva años defendiendo la arqueología interestelar como una línea legítima. Su objeción se concentra en la cantidad de polvo que habría que revisar.

La Luna recibe del orden de 10,000 toneladas de polvo natural al año, equivalentes a 1 millón de toneladas en el último siglo. En medio siglo, las misiones espaciales han depositado allí unas 181 toneladas de material humano, entre orbitadores estrellados, vehículos de aterrizaje, herramientas y contenedores de desechos.

La comparación da una proporción de 1 parte entre 5,000. Es basura humana depositada a propósito a la distancia de la Luna, pero aun así representa apenas 0.02% de la masa que cayó allí durante el último siglo.

Para la fracción interestelar, Loeb usa un modelo que llama triplemente optimista. Supone que la humanidad llegó a expulsar al espacio interestelar una masa equivalente a toda su infraestructura sólida en uso, que cada estrella parecida al Sol hizo lo mismo y que todo ese material sobrevivió al viaje. Un estudio publicado en Nature en 2020 cifró esa infraestructura en unos 1.1 billones de toneladas.

Incluso con esas tres concesiones, el resultado deja el polvo tecnológico unos pocos billones de veces por debajo de la densidad del polvo interestelar natural. Habría que revisar billones de granos antes de encontrar uno artificial.

El fondo local añade otra dificultad. El polvo zodiacal que baña el interior del Sistema Solar procede sobre todo de cometas de la familia de Júpiter y de colisiones de asteroides; menos de 1% procede del espacio interestelar.

Loeb plantea una salida: apuntar de manera deliberada al Sistema Solar interior. Por ejemplo, alguien podría liberar sondas pequeñas desde objetos interestelares del tamaño de 1I/’Oumuamua. En ese caso, la abundancia cerca de la Tierra podría superar con mucho a la del espacio interestelar. Loeb también preside el consejo asesor científico sobre fenómenos anómalos no identificados del gobierno estadounidense, y esa hipótesis dirigida ocupa un lugar central en su propio trabajo.

La Luna también fabrica nanotubos

La propuesta depende de distinguir un grano fabricado de uno natural. El proceso tendría que empezar con un cribado por visión artificial para marcar granos anómalos y continuar con análisis forense de laboratorio, con pruebas isotópicas, químicas y estructurales. También habría que descartar minerales naturales, contaminación terrestre y restos de nuestras propias naves.

El fondo natural se complicó el 21 de enero de 2026, cuando un equipo de la Universidad de Jilin publicó en Nano Letters la primera identificación inequívoca de carbono grafítico en muestras lunares. El mismo trabajo identificó nanotubos de carbono de pared simple en el material que la misión china Chang’e-6 trajo de la cara oculta.

Hasta entonces se asumía que esas estructuras requerían preparación artificial. Según el estudio, los nanotubos se formaron por impactos de micrometeoritos y una catálisis impulsada por hierro, bajo la actividad volcánica temprana y la irradiación del viento solar.

El hallazgo no tiene un origen extraterrestre y sus autores tampoco lo presentan así. Lo que cambia es el criterio de identificación: el suelo lunar produce por su cuenta al menos una estructura que durante décadas se leyó como una firma inequívoca de laboratorio. Cualquier búsqueda de granos fabricados tendrá que descartar primero ese tipo de origen natural.

La prueba aún espera su primer metro cúbico

El preprint apunta a los suelos de archivo de las misiones Apollo y Luna, a la serie creciente de material devuelto por Chang’e, y a lo que traigan Artemis y las misiones comerciales. También contempla microscopía montada directamente en rovers o módulos de aterrizaje.

La NASA sigue apuntando a 2028 para su próximo alunizaje tripulado. Esas muestras todavía no existen en la cantidad necesaria para ejecutar la prueba a esa escala.

Al 8 de septiembre de 2026, el artículo sigue en revisión por pares. Se envió al International Journal of Astrobiology el 10 de marzo, acumula cuatro versiones en arXiv desde el 23 de junio y volvió a la revista el 17 de agosto.

El preprint entrega un método con su primer número asociado, no una detección. Ese número solo empezará a valer cuando alguien tamice el primer metro cúbico de regolito lunar y consiga separar una partícula fabricada de una estructura que la propia Luna ya produce.

Fuentes: 1, 2, 3, 4, 5

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