Terraformar Marte: la ruta de 2026 va más allá del CO2

Terraformar Marte: la ruta de 2026 va más allá del CO2

Terraformar Marte sigue fuera de alcance: la hoja de ruta de 2026 propone tres vías, aún en etapa temprana.

Por Humberto Toledo el 7 de agosto del 2026 a las 1:28 pm PDT

✨︎ Resumen (TL;DR):

  • Un estudio de Nature Astronomy publicado el 30 de julio de 2018 evaluó únicamente cómo movilizar el CO2 de Marte y concluyó que no alcanzaba para un calentamiento apreciable.
  • Un equipo de 25 autores propuso el 2 de abril de 2026 tres vías distintas: membranas de invernadero, reflectores orbitales y refuerzo del efecto invernadero natural.
  • La hoja de ruta sigue en etapa temprana: primero exige pruebas en la Tierra y depende, entre otras cosas, de que los costos de lanzamiento continúen bajando.

Un equipo de 25 autores propuso el 2 de abril de 2026 una hoja de ruta para investigar la terraformación de Marte sin depender del CO2 que queda en el planeta. El documento, subido a arXiv, estudia membranas sólidas, reflectores orbitales y el refuerzo del efecto invernadero natural, pero se define como investigación en etapa temprana. La conclusión de 2018 que suele resumirse como “no se puede terraformar Marte” evaluó únicamente la movilización del CO2 y no encontró una reserva suficiente para un calentamiento apreciable.

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El veredicto de 2018 tenía un alcance concreto

Terraformar un planeta es un proceso de modificación ambiental que busca acercarlo a las condiciones terrestres para que la vida de la Tierra, humanos incluidos, pueda sobrevivir en la superficie sin sistemas de soporte vital. Vivir en un hábitat presurizado no entra en esa definición: ahí cambia el refugio, no el planeta.

Bruce M. Jakosky, de la Universidad de Colorado, y Christopher S. Edwards, de la Universidad del Norte de Arizona, publicaron el 30 de julio de 2018 una Perspective en Nature Astronomy. NASA financió parte del trabajo a través de las misiones MAVEN y Mars Odyssey. La revista presentó el texto como un análisis del problema a partir de lo que ya se sabía, no como un descubrimiento nuevo.

Los autores sumaron el CO2 todavía presente en los casquetes polares, el suelo y los minerales marcianos. El resultado fue claro: el sistema de Marte no conserva suficiente dióxido de carbono para producir un calentamiento de invernadero apreciable y buena parte de ese gas no se puede movilizar.

De ahí salió la fórmula “no es posible con la tecnología actual”. Pero el análisis se refería a liberar el CO2 disponible, no a fabricar materiales, colocar reflectores en órbita o usar otras técnicas.

El recuento de Space Daily publicado el 1 de agosto de 2026 situó el techo de presión de ese inventario en alrededor de 7% de la terrestre, muy por debajo del umbral necesario. Aunque se liberara todo el gas contabilizado, Marte seguiría lejos de las condiciones de la Tierra.

Marte tuvo una atmósfera más densa y la perdió hacia el espacio. MAVEN y Mars Express midieron directamente ese escape. Esa historia explica por qué el planeta sigue interesando a la ciencia planetaria, pero también muestra la dificultad de conservar una atmósfera nueva.

La ruta de los aerosoles apareció en 2024

El 7 de agosto de 2024, Science Advances publicó un trabajo de Samaneh Ansari, Edwin S. Kite, Ramses Ramirez, Liam J. Steele y Hooman Mohseni. Su propuesta cambió el punto de partida: en lugar de liberar un gas de invernadero, plantea fabricar partículas con el propio polvo marciano, rico en hierro y aluminio.

Las partículas serían nanovarillas conductoras de unos 9 micrómetros. Según el paper, dispersarían la luz solar hacia adelante y bloquearían el infrarrojo que sube desde el suelo. El cálculo indica que serían más de 5,000 veces más eficaces que el mejor gas disponible.

Con dos modelos climáticos distintos y una vida útil de 10 años por partícula, una liberación sostenida de 30 litros por segundo elevaría la temperatura global de Marte unos 30 kelvin y comenzaría a derretir el hielo.

Eso no volvería respirable la atmósfera marciana. La propuesta sale de simulaciones, no de un experimento, y subir la temperatura media o derretir hielo apenas resolvería el primer tramo del problema.

En mayo de 2025, Nature Astronomy publicó The case for Mars terraforming research. El texto lo firmaron Erika Alden DeBenedictis, Edwin S. Kite, Robin Wordsworth, Nina Lanza, Charles Cockell, Pamela Silver, Ramses Ramirez, John Cumbers, Hooman Mohseni, Christopher Mason, Woodward Fischer y Christopher P. McKay.

El grupo reunió afiliaciones del centro Ames de la NASA, Harvard, Caltech, Los Álamos, la Universidad de Chicago, Edimburgo y la Universidad de Florida Central. El artículo citó el trabajo de Jakosky y Edwards y sostuvo que los avances en ciencia marciana, modelado climático, capacidad de lanzamiento y biociencia justifican retomar la investigación, porque ya hay técnicas que los modelos calculan capaces de subir la temperatura media decenas de grados en unas pocas décadas.

Kite, de la Universidad de Chicago, explicó a Space.com por qué el interés no se limita a la colonización: “Un campamento base a escala de la galaxia es un planeta habitable”.

Tres vías, pero con condiciones

El documento más reciente del debate se subió a arXiv el 2 de abril de 2026. Lo firman 25 autores con afiliaciones en la Universidad de Chicago, el Instituto Astera, Los Álamos, el Observatorio Haystack del MIT, JPL-Caltech, Harvard, Northwestern y Stanford.

El listado también incluye a la Universidad de Florida, Pioneer Labs, Terraform Industries, la Universidad de Florida Central, Weill Cornell, Breakthrough Initiatives, SynBioBeta y la Universidad de Edimburgo.

El preprint no presupone que calentar Marte sea deseable. Su objetivo es identificar qué tendría que ser cierto para lograrlo, cuánto costaría y qué podría salir mal.

Las tres vías que considera prometedoras son:

  • Membranas de invernadero en estado sólido. Darían calentamiento local para cosechar agua, producir alimento y generar oxígeno cerca de bases humanas. Phys.org y Universe Today, al reportar el preprint en abril, describieron cubiertas con materiales tipo aerogel de sílice que dejan pasar la luz visible y atrapan el infrarrojo. La meta sería crear oasis templados de escala reducida.
  • Reflectores en órbita. Calentarían puntos concretos, como las bases humanas y los depósitos de hielo de CO2. El área combinada que requerirían sería grande.
  • Refuerzo del efecto invernadero natural. Es la vía más ambiciosa. Podría calentar regiones extensas o el planeta entero, pero también deja más problemas sin resolver.

Las prioridades inmediatas están en la Tierra. El documento pide probar los parámetros que indicarían si el calentamiento con aerosoles fabricados es viable, evaluar si los hábitats de bioplástico se pueden producir de forma exponencial y diseñar los experimentos de proceso que después habría que llevar a Marte.

Los autores también señalan una variable que no controlan: la economía. El plan depende de que los costos de lanzamiento continúen bajando. El texto se etiqueta como investigación en etapa temprana e incluye qué se aprendería incluso si los resultados fueran negativos.

Marte actual exige sellar cada hábitat

La atmósfera marciana está compuesta por dióxido de carbono en más del 95%. La presión ronda 1% de la que existe al nivel del mar en la Tierra, tan baja que el agua hierve a temperatura corporal.

En esas condiciones, un traje presurizado no es un accesorio para respirar mejor. Es lo que evita que la sangre y los tejidos de una persona se conviertan en vapor.

La temperatura media ronda los 60 grados bajo cero y la gravedad equivale a cerca del 38% de la terrestre. Marte tampoco tiene un campo magnético global ni una atmósfera capaz de frenar la radiación, que llega casi entera al suelo.

Space Daily, con base en la ficha de datos de la NASA, sitúa en torno a 0.7 milisieverts diarios la dosis que el rover Curiosity midió en la superficie. El suelo contiene además percloratos, tóxicos para la tiroides, por lo que habría que lavar cualquier cultivo producido en él.

El planeta sí tiene recursos aprovechables. El hielo de agua se puede minar para beber, obtener oxígeno y fabricar combustible. La NASA también demostró a pequeña escala, a bordo del rover Perseverance, que el CO2 atmosférico se puede procesar para obtener oxígeno respirable.

Marte queda relativamente cerca y recibe suficiente luz para que la energía solar funcione, algo que no ocurre más allá del planeta. El problema que menos respuestas tiene, sin embargo, no es de ingeniería.

Hay décadas de datos sobre el cuerpo humano en gravedad normal y en la casi ingravidez de la órbita, pero prácticamente nada sobre una condición intermedia. Nadie sabe todavía si una persona podría mantenerse sana durante años con el 38% de la gravedad terrestre o criar hijos allí. Ningún rover puede contestar esas preguntas.

El pronóstico de 2050 no es una fecha de misión

La cifra de 2050 que volvió a circular tiene autor y fecha. Serkan Saydam, subdirector del Centro Australiano de Investigación en Ingeniería Espacial y profesor de la Universidad de Nueva Gales del Sur, se la dijo a Live Science para un artículo de Patrick Pester publicado el 2 de abril de 2023: “Creo que para 2050 tendremos una colonia humana en Marte”.

Saydam es ingeniero de minas y se especializa en la minería del futuro. En esa misma entrevista puso límites a su pronóstico: casi todo el equipo tendría que salir de la Tierra porque no veía manera de fabricar un camión en la superficie marciana.

Live Science también señaló que no existe consenso científico sobre una colonia para 2050. El medio citó a Louis Friedman, cofundador de The Planetary Society, quien dijo a Gizmodo en 2019 que la colonización marciana era improbable en el horizonte visible. También citó a la neurocientífica Rachael Seidler, de la Universidad de Florida, quien calificó ese optimismo de poco realista.

La aritmética orbital impone otro límite. Las ventanas de lanzamiento hacia Marte se abren cada 26 meses. La siguiente cae entre noviembre y diciembre de 2026, seguida por la de 2028.

SpaceX ha planteado enviar naves Starship sin tripulación en esa ventana como primer paso hacia la ciudad de un millón de habitantes que Elon Musk propuso en 2016. Musk también ha estimado públicamente en torno a 50% las probabilidades de llegar a tiempo.

En su recuento de 2023, Live Science situó a China con posibles misiones tripuladas desde 2033 y a la NASA hacia finales de la década de 2030 o principios de la de 2040. Ninguna de esas referencias equivale a una fecha confirmada para el primer humano en Marte.

La conversación pública también mezcló ciencia y ficción. El 7 de agosto de 2026, el escritor australiano Jordan Prosser publicó en la sección de libros de The Guardian el ensayo Tech barons dream of human colonies on Mars, but I can’t think of a worse place to die.

Ese mismo mes, UQP lanza su segunda novela, Blue Giant, sobre una mujer de Melbourne que se obsesiona con ser la primera persona en Marte después de que un empresario danés anuncia un viaje sin retorno. El ensayo no es científico, pero comparte el trasfondo de un planeta agotado del que convendría irse, mientras los datos registran la aceleración del calentamiento global.

La pregunta cambió, pero la superficie no

Ocho años después de aquel inventario de CO2, el debate ya no gira alrededor de si el gas que Marte guarda bajo el suelo alcanza. Ahora depende de si las técnicas fabricadas en la Tierra funcionan como dicen los modelos y de si lanzarlas al planeta costará lo suficientemente poco para intentarlo.

Mientras esas pruebas no existan, Marte no será una segunda Tierra. Quien llegue primero a la superficie tendría que vivir sellado, bajo tierra o bajo una cubierta, con la puerta cerrada.

Fuentes: 1, 2, 3, 4

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