Monos y otras especies: Oxford reúne 427 casos

Monos y otras especies: Oxford reúne 427 casos

Oxford analiza 427 encuentros entre primates y otras especies; casi todos duran minutos.

Por Humberto Toledo el 1 de agosto del 2026 a las 7:52 pm PDT

✨︎ Resumen (TL;DR):

  • Oxford y una treintena de investigadores compilaron 427 casos entre 88 especies de primates y 127 especies acompañantes.
  • El juego apareció en 139 casos y el acicalamiento en 136; el registro también documentó 26 episodios abusivos y 13 muertes.
  • La revisión publicada en Primates descarta que estos vínculos equivalgan a tener mascotas: casi todos duran minutos.

La Universidad de Oxford y una treintena de investigadores publicaron el 21 de julio de 2026, en acceso abierto y en la revista Primates, la primera revisión sistemática de los encuentros entre primates y animales de otras especies. El estudio compila 427 casos y compara sus patrones sociales, pero descarta que equivalgan a tener mascotas: casi todos duran minutos y el registro incluye 26 episodios abusivos y 13 muertes.

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Una escena encantadora de monos macacos interactuando juntos en su hábitat natural en la jungla.
Foto: Nitin Sharma / Pexels

Una pregunta curiosa terminó en 427 registros

La idea surgió a partir de una visita de Cyril Grueter, antropólogo evolutivo de la Escuela de Antropología y Etnografía de Museos de Oxford, al zoológico de Shanghái. Ahí vio a una hembra de gibón de mejillas blancas sostener y acariciar a un ratón que había entrado a su recinto.

Después, durante trabajo de campo en el suroeste de China, observó monos chatos juveniles que insistían en subirse al lomo de cerdos de una aldea. Ninguna escena encajaba con las explicaciones habituales, como obtener alimento o protegerse de depredadores.

Grueter esperaba encontrar una lista de curiosidades. La revisión terminó con 427 registros. “La mayor sorpresa fue simplemente la escala de todo esto”, dijo Grueter.

El inventario involucró 88 especies de primates y 127 especies acompañantes. De estas últimas, 72 eran otros primates y 55 no primates: mamíferos, aves, reptiles, anfibios, insectos y hasta crustáceos. El trabajo identificó 204 combinaciones distintas de especies.

El material salió de 303 casos publicados en artículos científicos, 58 registros localizados en fotos y videos de Google y YouTube mediante búsquedas como animal odd couples, y 66 respuestas a una encuesta enviada a unos 250 primatólogos. Solo 37 respondieron.

El desglose consignó 311 encuentros en libertad y 111 en cautiverio. El juego apareció en 139 casos y el acicalamiento en 136, muy por encima del resto de los 17 subtipos catalogados.

Las escenas incluyen a un macaco rabón que despioja a un perro callejero en un templo tailandés, un langur que acaricia a una ardilla gigante en Sri Lanka y una cría de mono chato que se sube a un cerdo doméstico en Yunnan.

La mayoría de las especies acompañantes eran mamíferos. Entre los animales domésticos, los perros aparecen en 26 casos, mientras que los cerdos y los gatos figuran en dos casos cada uno.

Las hembras acicalan y las crías juegan

El modelo estadístico reprodujo un patrón que los primatólogos ya conocían dentro de cada especie. Las hembras adultas fueron las más propensas a acicalar y las que más conductas afiliativas iniciaron.

Las crías y los juveniles se dedicaron casi siempre al juego. Los machos adultos quedaron al fondo en las cuatro categorías de edad y sexo analizadas.

En los 219 casos donde se registró quién inició la interacción, 144 fueron iniciados por el primate, el 66%. Otros 72 fueron bidireccionales y solo 3 comenzaron del otro lado: dos fueron iniciados por perros y uno por un león.

Los autores esperaban que los primates prefirieran a las crías de otras especies por el llamado esquema de bebé que Konrad Lorenz describió en 1943, basado en rasgos como los ojos grandes y la cabeza redonda.

El resultado no respaldó esa explicación. En los 81 casos con edad conocida del receptor, 44 interacciones fueron dirigidas a adultos y 37 a inmaduros, sin diferencia significativa.

Al filtrar solo los casos protagonizados por hembras adultas, el resultado se invirtió: hubo 25 interacciones hacia adultos frente a 9 hacia crías, esta vez con significancia estadística. La apariencia infantil no explicó por sí sola la conducta observada.

El estudio no convierte estos encuentros en mascotas

El comunicado de Oxford del 29 de julio de 2026 hizo que varios medios internacionales titularan que los monos también tienen mascotas. El artículo publicado el 21 de julio sostiene una lectura distinta: casi todos los encuentros duran minutos y ninguno equivale a tener un perro en casa.

Los autores describen su trabajo como un marco para generar hipótesis, no como una medida de qué tan frecuentes son estos vínculos en la naturaleza. También advierten que 58 de los 427 registros provienen de fotos y videos, un material que tiende a sobrerrepresentar lo llamativo y aquello que se parece a los humanos.

La intención tampoco puede determinarse con certeza. El equipo se guía por la conducta observable y no por motivos supuestos, porque la frontera entre cuidado y secuestro es difícil de fijar.

Grueter fue directo sobre la interpretación de los casos: “No creo que demuestren que tengan mascotas en el sentido humano”, escribió a Defector.

Juego y cuidado también pueden terminar en daño

El equipo catalogó 26 interacciones abusivas iniciadas por primates. De ellas, 21 fueron contra especies no primates, incluidos roedores, carnívoros, pangolines, damanes, suidos, aves, anfibios e insectos.

La revisión documentó 13 muertes por manipulación violenta: siete aves, dos pangolines, un gato doméstico y tres primates.

Un babuino hamadríade macho en Ta’if, Arabia Saudita, se llevó a un cachorro doméstico y lo cargó durante largos periodos. En 1970, el primatólogo A. Richard describió a tres hembras de mono araña que se turnaban para cargar a una cría de mono aullador y tiraban de sus extremidades para arrebatársela.

Una de ellas se sentó sobre la cría durante media hora mientras chillaba. El bebé apareció en el suelo y murió poco después.

Otro caso extremo fue publicado en Current Biology en 2025. Capuchinos juveniles de la isla de Jicarón arrebataban crías de mono aullador a sus madres; la conducta se propagó dentro del grupo sin una función adaptativa aparente. Todas las crías murieron.

La interpretación de Grueter es que estos episodios forman un continuo que va del cuidado al daño. Incluso una interacción que termina mal pudo comenzar como un intento torpe de socializar.

Fortunata es el vínculo más cercano a una mascota

En la primavera de 2004, un equipo que seguía a un grupo de capuchinos barbudos, Sapajus libidinosus, en un bosque de Brasil vio a una cría aferrada al cuerpo de una hembra adulta llamada Chiquinha. No era un capuchino, sino un tití común, un mono mucho más pequeño y de otro género. La bautizaron Fortunata.

Chiquinha la crió hasta el verano siguiente, cuando quedó preñada y otra hembra, Dendê, tomó su lugar. Fortunata viajaba y comía con el grupo, respondía a sus llamadas de alarma y hasta ayudó a acosar a una serpiente.

Los capuchinos jóvenes probaban su fuerza al jugar con ella. El reporte original, publicado en American Journal of Primatology, documentó que permaneció con el grupo al menos 10 meses. Desapareció la primavera siguiente, ya casi adulta.

Los autores llaman a este tipo de vínculo proto-tenencia de mascotas. La proto-tenencia de mascotas es un vínculo interespecífico prolongado que no se explica por el cuidado parental ni por un beneficio inmediato de supervivencia.

El estudio también incluye el caso de un macaco crestado que adoptó a una gallina extraviada en un zoológico israelí en 2017. Ambos casos se acercan más a la idea de compañía que los encuentros breves del registro.

El ejemplo más famoso es Koko, la gorila que aprendió lengua de señas. Recibió por su cumpleaños en 1984 a All Ball, un gatito gris sin cola al que trataba como a un hijo. El animal escapó del recinto y murió atropellado meses después.

América Latina aporta casos y una advertencia

La pareja de especies más frecuente de todo el registro silvestre no es asiática ni africana. Son los capuchinos carablanca panameños, Cebus imitator, y los monos araña de manos negras, Ateles geoffroyi, con 19 casos.

Una de las fotos que ilustran el artículo proviene de Santa Rosa, Costa Rica. Entre la treintena de firmantes aparece la primatóloga argentina Luciana Oklander, investigadora del CONICET en el Instituto de Biología Subtropical de Misiones y secretaria de la Sociedad Latinoamericana de Primatología. Nicolás Gorostiaga también firma desde la misma institución.

Oklander lleva años trabajando contra la captura ilegal de monos carayá para venderlos como mascotas en Argentina. Ese comercio deja a los animales sin saber alimentarse, trepar ni convivir con su propia especie.

Para comparar el patrón con nuestra especie, el artículo cita registros etnográficos de sociedades cazadoras-recolectoras donde las mujeres han criado e incluso amamantado animales de otras especies. El trabajo de Philippe Erikson sobre pueblos amazónicos aparece entre las referencias centrales.

La pregunta pendiente es sanitaria

Los autores ubican la aplicación práctica del estudio en los recintos mixtos. Saber qué especies tienden a cooperar y cuáles a competir debería orientar las decisiones de alojamiento en zoológicos y santuarios.

En la región también hay decisiones de manejo pendientes: hace unas semanas, Tijuana cerró el zoológico del Parque Morelos y anunció la reubicación de sus animales.

Cada contacto físico entre especies es también una vía de contagio, una de las implicaciones que la revisión enumera. Grueter quiere averiguar si estos encuentros se vuelven más frecuentes conforme se reduce el bosque y la fauna silvestre queda cerca de los animales domésticos.

Ahí, el langur que acaricia a una ardilla deja de ser una postal y pasa a ser un asunto de salud animal.

Fuentes: 1, 2, 3, 4

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