✨︎ Resumen (TL;DR):
- La Fuerza Espacial de Estados Unidos emitió alertas por casi 820 objetos que reentraron a la atmósfera el año pasado, frente a unos 110 hace una década.
- La ESA calcula que el riesgo anual de que una persona resulte herida es menor que 1 entre 100,000 millones; no hay una muerte confirmada en casi 70 años de vuelos espaciales.
- El Convenio de 1972 solo registra una reclamación y un pago: 3 millones de dólares canadienses a Canadá en 1981, cerca de la mitad de lo solicitado.
La basura espacial reingresa a la atmósfera a un ritmo de al menos un objeto de una tonelada o más por semana, según la Agencia Espacial Polaca. La Fuerza Espacial de Estados Unidos emitió alertas por casi 820 objetos el año pasado. El Convenio de Responsabilidad de 1972 impone responsabilidad absoluta al Estado lanzador por daños en la superficie terrestre o a aeronaves en vuelo, pero solo se ha invocado una vez; el anillo de 500 kilos que cayó en Kenia muestra que identificar un objeto no garantiza una compensación.
Un reportaje de Selam Gebrekidan para The New York Times, publicado el 31 de julio de 2026, reconstruyó ese ritmo y siguió la única reclamación que terminó en un pago.

Mukuku: 500 kilos en un campo de Kenia
En diciembre de 2024, un anillo metálico de unos 500 kilos cayó sobre un campo de cultivo en Mukuku, un poblado keniano a tres horas de Nairobi. A principios de 2025, la Agencia Espacial de Kenia describió el episodio como un evento aislado.
El anillo conectaba dos partes de un cohete y debía desintegrarse durante la reentrada. Los vecinos lo vieron enfriarse de una brasa incandescente a un gris apagado y se tomaron selfies mientras esperaban a los funcionarios que llegaron de la capital.
820 alertas no cuentan todo lo que cae
El conteo de casi 820 alertas mide avisos de reentrada, no un censo de los objetos que tocaron tierra. La Fuerza Espacial de Estados Unidos había emitido unos 110 avisos hace una década. La Agencia Espacial Polaca calcula que hoy vuelve a entrar al menos un objeto de una tonelada o más cada semana.
El caso de Tenerife muestra el margen que puede quedar fuera de esas alertas. El 16 de octubre de 2025, a las 01:57:27 UTC, el satélite chino XJY-7, de entre 3 y 5 toneladas, reentró sobre Tenerife y se fragmentó a unos 60 kilómetros de altura.
La Agencia Estatal de Meteorología lo detectó desde su estación de Izaña, junto al Observatorio del Teide.
“Su fragmentación produjo un tren de ondas sónicas”, explicó el profesor Josep Trigo, del Instituto de Ciencias del Espacio (ICE-CSIC).
Trece estaciones sísmicas del Centro Geofísico de Canarias registraron el paso. Aun así, el investigador Marco Langbroek, de la Universidad Tecnológica de Delft y participante en la identificación del objeto, dijo que el Mando Espacial de Estados Unidos nunca emitió una alerta de reentrada. Lo calificó de extraño para un objeto de ese tamaño.
Un error de un solo minuto en la predicción puede mover la zona de impacto unos 500 kilómetros, según Aerospace Corporation. La ESA explica que la velocidad a la que decae una órbita depende de la densidad de las capas altas de la atmósfera. Esa densidad, a su vez, depende del modelo utilizado y de una actividad solar que no se puede pronosticar bien.
Un convenio de 1972, una sola reclamación
El Convenio sobre la Responsabilidad Internacional por Daños Causados por Objetos Espaciales, firmado en 1972, impone responsabilidad absoluta al Estado que lanzó un objeto si este causa daños en la superficie terrestre o a aeronaves en vuelo. La reclamación se tramita entre gobiernos, no como una demanda individual.
El convenio se ha invocado exactamente una vez en 54 años. En enero de 1978, el satélite soviético Cosmos 954, con un reactor nuclear a bordo, se desintegró sobre los Territorios del Noroeste de Canadá y esparció fragmentos radiactivos por miles de kilómetros cuadrados de tundra.
Canadá presentó su reclamación formal el 23 de marzo de 1979 por unos 6 millones de dólares canadienses. Las negociaciones entre ambos gobiernos duraron dos años.
El único pago registrado bajo el convenio se firmó en Moscú el 2 de abril de 1981: 3 millones de dólares canadienses, cerca de la mitad de lo reclamado. El protocolo publicado por la ONU tiene tres artículos y no reconoce responsabilidad en ninguno.
América Latina vivió otro caso de gran escala sin un expediente abierto. El 7 de febrero de 1991, la estación soviética Salyut-7, acoplada al Kosmos-1686 y con unas 40 toneladas en conjunto, cayó sin control sobre Capitán Bermúdez, en las afueras de Rosario, Argentina.
Los vecinos encontraron metal en calles y jardines. Según el registro de reentradas no controladas que mantiene el analista Theodore Kruczek en KeepTrack, fue la segunda reentrada no controlada más grande de la historia, después de Skylab. Nadie pagó por ella.
El riesgo personal es mínimo; la aviación enfrenta otra variable
La ESA calcula que el riesgo anual de que una persona resulte herida por basura espacial es menor que 1 entre 100,000 millones. Es unas 65,000 veces menor que morir alcanzado por un rayo y alrededor de tres veces menor que ser golpeado por un meteorito.
En casi 70 años de vuelos espaciales no hay una muerte confirmada. El único caso documentado de impacto es el de Lottie Williams, de Tulsa, Oklahoma, a quien un fragmento de una segunda etapa Delta II le rozó el hombro en enero de 1997. Salió ilesa.
Lo que sí está creciendo, según un estudio publicado en Scientific Reports por el equipo de Ewan Wright, de la Universidad de Columbia Británica, es la interferencia con la aviación:
- Las zonas de alta densidad de tráfico alrededor de los grandes aeropuertos tienen un 0.8% de probabilidad anual de verse afectadas por una reentrada no controlada.
- En espacios aéreos más amplios pero igual de concurridos, como el noreste de Estados Unidos o el norte de Europa, esa probabilidad sube a 26% anual.
- La probabilidad de que un fragmento golpee un avión sigue siendo baja, pero el resultado de un impacto sería catastrófico.
En enero, la etapa superior de un cohete Zhuque-3 de la empresa china Landspace quedó fuera de control y las agencias la siguieron durante cuatro días. Pesaba unas 11 toneladas, demasiado para confiar en que se incinerara por completo, y sus últimas órbitas pasaron sobre Europa.
Las autoridades británicas pidieron a las redes celulares probar el sistema de alertas de emergencia. La etapa terminó cayendo al Índico o al Pacífico.
El 5 de agosto, una etapa de Falcon 9 abandonada desde 2025 se estrellará contra la Luna. Allí, ningún convenio de responsabilidad tiene a quién indemnizar.
Más lanzamientos, menos reglas vinculantes
Más de 300 cohetes despegaron el año pasado, casi cuatro veces más que hace una década. Hay unos 16,000 satélites en órbita y buena parte volverá a entrar en la atmósfera.
SpaceX, con más de 10,000 satélites propios, ya solicitó permiso para lanzar un millón más. Blue Origin persigue algo parecido y las megaconstelaciones chinas apuntan a cientos de miles.
Durante un tiempo, SpaceX sostuvo que todos sus satélites se incineraban por completo al volver. En 2024 apareció un trozo de metal de la compañía en una granja canadiense. Hoy SpaceX dice que hasta 5% de la masa de algunos satélites puede no desintegrarse, según el reportaje.
Un estudio encargado por la FAA concluyó que, hacia 2035, los restos de los satélites de SpaceX por sí solos podrían herir o matar a alguien cada dos años. La empresa discrepó de ese informe y no respondió a las preguntas del diario.
La FCC obliga a las compañías a reportar el riesgo de víctimas por satélites que caen, aunque su competencia central son las frecuencias de radio. La FAA propuso una regla para ordenar la eliminación de desechos orbitales y la retiró en enero tras la presión del sector.
Las directrices de Naciones Unidas sobre basura espacial datan de 2007 y no son vinculantes. En Europa, la respuesta es voluntaria o gradual. La ESA impulsa su enfoque Zero Debris para 2030, con una carta redactada junto a 40 actores del sector.
Design for demise es un enfoque de diseño de naves que usa materiales capaces de consumirse por completo durante la reentrada. La ESA trabaja en este concepto mientras los reguladores a ambos lados del Atlántico impulsan el cambio de la vieja guía de 25 años para desorbitar un satélite a un plazo de cinco años o a reentradas controladas.
En Mukuku, el trámite se quedó sin reclamación
Si un fragmento cae sobre una casa, la persona afectada no presenta la reclamación bajo el convenio. Lo hace su gobierno, de Estado a Estado. Antes hay que identificar al dueño del objeto, un trámite que puede tardar meses o no completarse nunca.
En Mukuku, las autoridades kenianas tardaron meses en confirmar que el anillo pertenecía a un cohete francés que había puesto en órbita un satélite de televisión estadounidense y llevaba más de 16 años dando vueltas, según la agencia espacial francesa.
El Ministerio francés de Exteriores dice que Kenia nunca presentó una reclamación formal. Los vecinos, que vieron agrietarse sus casas, tampoco recibieron esa información, según el senador Daniel Maanzo, representante de la zona.
“Eso no ocurrió. No hubo compensación”, dijo Maanzo.
La única vez que el mecanismo terminó en un pago exigió dos años de negociación entre dos gobiernos y dejó la mitad de lo que Canadá había reclamado. Fue en 1981, cuando había un puñado de satélites en órbita. Hoy hay 16,000, y SpaceX ya solicitó permiso para lanzar un millón más.
