El ojo humano pudo nacer de un ojo hace 600 millones de años

El ojo humano pudo nacer de un ojo hace 600 millones de años

Una revisión propone que la retina humana surgió de un ojo central ancestral. No existe su fósil.

Por Humberto Toledo el 1 de agosto del 2026 a las 10:54 pm PDT

✨︎ Resumen (TL;DR):

  • Cuatro investigadores de las universidades de Sussex y Lund proponen que un animal marino habría perdido sus ojos pareados y conservado un sensor central del que después habría surgido la retina vertebrada.
  • La revisión apareció en Current Biology el 23 de febrero de 2026 y comparó la transcriptómica de célula única de 16 especies de vertebrados.
  • No existe el fósil del supuesto animal; un estudio de Nature sobre peces sin mandíbula de 518 millones de años registra cuatro ojos en una etapa posterior.

Una revisión publicada en Current Biology propone que la retina de los vertebrados surgió de un ojo central que un animal marino habría conservado después de perder sus ojos pareados, hace casi 600 millones de años. George Kafetzis, Michael J. Bok, Tom Baden y Dan-Eric Nilsson, de las universidades de Sussex y Lund, conectan ese órgano con la glándula pineal humana. El límite es claro: no existe el fósil del supuesto animal.

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La hipótesis del cíclope tiene tres etapas

El escenario parte de un antepasado marino de todos los vertebrados, descrito en la revisión como un gusano marino. Ese animal habría dejado de moverse, se habría enterrado en el fondo del mar y habría filtrado plancton. Al cambiar su forma de vida, habría perdido los ojos pareados que ya tenía y conservado un grupo de células sensibles a la luz en el centro de la cabeza.

En términos sencillos, la hipótesis coloca el primer punto de luz en la coronilla de un gusano marino. El modelo no plantea que la retina apareciera de golpe. Ordena el cambio así:

  • Ojos laterales: el punto de partida sería un animal con los ojos a los costados de la cabeza, como los que hoy tienen insectos, gusanos y moluscos.
  • Vida sedentaria: al permanecer enterrado en el sedimento y filtrar agua, ese linaje habría dejado de necesitar los ojos para orientar el movimiento. El sensor central bastaba para distinguir el día de la noche y saber qué lado estaba arriba.
  • Regreso al nado: cuando sus descendientes volvieron a nadar, el linaje habría reutilizado el órgano central en lugar de reconstruir los ojos perdidos. Sus zonas laterales habrían formado copas, ganado sensibilidad direccional y migrado hacia los costados de la cabeza. Los cristalinos y la visión detallada llegaron mucho después.

Según la propuesta, el resto de aquel órgano quedó dentro del cráneo humano y se convirtió en la glándula pineal, que produce melatonina. Dan-Eric Nilsson, profesor emérito de biología sensorial en Lund, lo resumió en el comunicado de su universidad: “Ponen de cabeza nuestra comprensión de la evolución del ojo y del cerebro”.

El trabajo no establece qué tan complejos eran los ojos que desaparecieron. Pudieron ser simples manchas de células fotosensibles o haber formado imágenes sencillas. Lo único documentado en el modelo es que esos ojos pareados desaparecieron.

La lateralización es un proceso evolutivo por el que el órgano central se divide en dos y se desplaza hacia los lados de la cabeza. El estadio del ojo único se situaría hacia los 600 millones de años, mientras que la lateralización habría ocurrido ya en el Cámbrico temprano. Por eso las cifras van de 560 a 600 millones de años: el texto reconstruye una secuencia, no fija un día de origen.

La retina mezcla dos historias celulares

El argumento central no sale de un fósil, sino de la composición de la retina actual. Los animales bilaterales heredaron dos familias de células fotorreceptoras:

  • Rabdoméricas: captan la luz mediante pliegues densos de la membrana y dominan los ojos laterales de insectos, moluscos y anélidos.
  • Ciliares: se organizan alrededor de un cilio modificado. Suelen permanecer en el centro del cerebro y medir cambios generales de iluminación sin formar imágenes.

Los vertebrados rompen esa separación. Sus bastones y conos son fotorreceptores ciliares, pero las células que reciben sus señales, ganglionares, amacrinas y horizontales, conservan marcas moleculares del linaje rabdomérico. Entre ambos grupos están las células bipolares.

Ahí aparece la apuesta más arriesgada del trabajo. El equipo propone que las bipolares no tienen un solo origen: las de tipo Off habrían surgido del lado ciliar moderno, mientras que las asociadas a bastones procederían de un linaje ciliar antiguo con rasgos rabdoméricos. Ese linaje estaría emparentado con fotorreceptores de parietopsina que todavía se encuentran en la pineal de las lampreas. Las bipolares On asociadas a conos habrían llegado después, al tomar prestada maquinaria molecular de las otras.

Los pulpos y los calamares siguieron una ruta distinta. Sus ojos se forman a partir de la piel de los costados de la cabeza, no del cerebro.

Para construir el modelo, el equipo comparó transcriptómica de célula única de 16 especies de vertebrados, desde la lamprea y el pez cebra hasta el pollo, el cerdo, el macaco y el humano. La retina descrita en ese análisis tiene más de 100 tipos neuronales, una complejidad comparable a la de la corteza cerebral, y aparece conservada casi intacta en los vertebrados vivos.

Un fósil de cuatro ojos documenta un capítulo posterior

La reconstrucción no trae fósiles, pero un estudio independiente publicado en Nature un mes antes aporta un posible estadio intermedio. El 21 de enero de 2026, un equipo encabezado por Xiangtong Lei y Sihang Zhang, de la Universidad de Yunnan, describió manchas pigmentadas entre los ojos laterales de dos especies de miliokunmíngidos.

Peiyun Cong figuró como autor de correspondencia. El trabajo también incluyó coautores de las universidades de Bristol, Leicester y Oxford, además de la Academia China de Ciencias.

Los miliokunmíngidos son los vertebrados fósiles más antiguos que se conocen. Los ejemplares tienen unos 518 millones de años y proceden de la biota de Chengjiang, en el sur de China. Las manchas contienen melanosomas idénticos a los del epitelio pigmentario de los ojos laterales. Junto a ellos aparece una estructura ovoide regular que los autores interpretan como un cristalino.

Su conclusión es que aquellos peces sin mandíbula tenían cuatro ojos tipo cámara capaces de formar imágenes: dos a los lados y dos en la parte superior. Nature publicó ese mismo día un comentario de Michael S. Levine.

El hallazgo encaja con el capítulo intermedio que la hipótesis necesitaba, pero no demuestra el origen del órgano central. Los 518 millones de años del fósil son muy posteriores a los 600 millones de años del ancestro hipotético. Chengjiang documenta una etapa posterior de la historia, no su arranque.

Una revisión, no la prueba del cíclope

El trabajo de Kafetzis, Bok, Baden y Nilsson ocupa las páginas R153 a R170 del volumen 36, número 4, de Current Biology. Pertenece al apartado de revisiones de la revista, no al de experimentos. Sus autores reconstruyen la historia comparando células, genes y circuitos neuronales de especies vivas, y escriben en condicional a lo largo del texto.

ScienceAlert, en su versión publicada el 1 de agosto, fue el único medio de esa cobertura que señaló de forma explícita que nadie ha encontrado un fósil de un animal de un solo ojo de hace 600 millones de años.

Karthik Shekhar, biólogo computacional de la Universidad de California en Berkeley y ajeno al estudio, lo resumió a The New York Times en una frase que recogió ZME Science: “Es una idea nueva y convincente, pero el jurado sigue deliberando”.

Tom Baden contó al mismo diario que su grupo ya empezó a comparar células pineales y retinianas en pez cebra, y que el trabajo apenas comienza. Los autores también piden estudios genéticos y anatómicos más detallados de la pineal de las lampreas y de otros vertebrados basales.

Algunas coberturas en español le atribuyeron a la revisión dos alcances que el texto no menciona: explicar por qué los fotorreceptores humanos apuntan hacia atrás y abrir vías sobre la retinosis pigmentaria. El trabajo original no aborda ninguno de esos temas.

La misma investigación volvió a circular

La cronología explica por qué la revisión reapareció en varias oleadas:

  • Una versión preliminar estaba en bioRxiv desde septiembre de 2025.
  • El artículo de Current Biology apareció el 23 de febrero de 2026; The New York Times lo cubrió ese mismo día. phys.org y La Brújula Verde publicaron sus versiones el 25 de febrero, y Infobae el 26 de febrero.
  • ScienceDaily hizo la primera de sus dos redistribuciones el 27 de abril.
  • La Universidad de Lund publicó el comunicado que reactivó el tema el 2 de junio de 2026, cinco meses después según la cronología de cobertura.
  • ScienceDaily lo redistribuyó por segunda vez el 26 de julio; ANI difundió un cable que medios de India replicaron el 27 de julio.
  • ScienceAlert publicó su versión el 1 de agosto.

Esta es, por lo menos, la tercera vuelta de la misma investigación. La repetición no añade un fósil nuevo ni convierte la revisión en un experimento.

El tercer ojo que sí existe está en Sonora

El ojo parietal es un órgano fotosensible conectado al complejo pineal que algunos peces, anfibios y reptiles conservan cerca de la parte alta del cráneo. Varios pueden detectar luz directamente con él.

La glándula pineal es un órgano pequeño situado en el centro del cerebro de los vertebrados que produce melatonina, la hormona que sincroniza el reloj interno con el ciclo de luz y oscuridad. En peces, anfibios y reptiles todavía detecta luz directamente; en los mamíferos se hundió en el cerebro, perdió el acceso a la luz y recibe esa señal por la vía de los ojos normales para ajustar la producción de melatonina según la hora.

Las ranas y las lagartijas cornudas son ejemplos habituales de animales que conservan un ojo parietal. Las lampreas, por su parte, mantienen una pineal con circuitos que recuerdan a los de una retina.

La imagen que acompaña esta historia en ScienceAlert, ZME Science, Republic World y el comunicado de Lund no muestra un fósil. Es una lagartija cornuda real, Phrynosoma solare, vista desde atrás, con el punto claro del ojo mediano en el centro de la cabeza.

La fotografía la tomó Bruno Frías Morales, quien la subió a iNaturalist bajo una licencia Creative Commons. El nombre del archivo original la ubica en Cajeme, Sonora.

La especie tampoco es una rareza de laboratorio. Vive en el desierto sonorense, el sur de Arizona, el extremo suroeste de Nuevo México, casi todo Sonora, incluida la isla Tiburón, y el norte de Sinaloa. Mide más o menos lo que la palma de una mano, come sobre todo hormigas cosechadoras y la UICN la clasifica como una especie de preocupación menor.

La fotografía documenta un ejemplo vivo del ojo parietal, pero no sustituye el fósil que la hipótesis todavía no tiene.

La evidencia pendiente está en lampreas y pez cebra

Si el modelo resiste, la visión y el sueño quedarían emparentados por una misma pieza anatómica. Los dos ojos de cualquier vertebrado y la glándula que produce melatonina al anochecer serían herencias del mismo órgano, repartidas en dos funciones hace más de 500 millones de años.

La siguiente prueba está en las comparaciones que el grupo de Baden ya comenzó con pez cebra y en estudios más finos de la pineal de las lampreas. Mientras no aparezcan esos datos o el fósil del animal hipotético, el ojo central sigue siendo una reconstrucción respaldada por células, genes y circuitos de especies vivas, no un origen demostrado de la retina.

Fuentes: 1, 2, 3, 4

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