La revolución fecal se suma a la explosión cámbrica

La revolución fecal se suma a la explosión cámbrica

Una revisión relaciona 36 yacimientos de coprolitos con la explosión cámbrica, sin desplazar la hipótesis del oxígeno.

Por Humberto Toledo el 4 de agosto del 2026 a las 10:21 pm PDT

✨︎ Resumen (TL;DR):

  • Julien Kimmig y Russell Bicknell publicaron el 4 de agosto de 2026 una revisión que propone sumar la acumulación de heces a las causas de la explosión cámbrica.
  • El catálogo reúne coprolitos de 36 yacimientos, con registros desde hace unos 538.8 millones de años hasta al menos 494.2 millones. No se conoce ninguno anterior al Cámbrico.
  • La hipótesis acompaña a la oxigenación y a otros factores evolutivos; el efecto sobre la producción primaria del océano todavía no está demostrado.

Julien Kimmig, del Staatliches Museum für Naturkunde de Karlsruhe, en Alemania, y Russell Bicknell, de Flinders University, en Adelaida, publicaron el 4 de agosto de 2026 en Trends in Ecology & Evolution una revisión que propone sumar la primera gran acumulación de heces en el fondo marino a las causas de la explosión cámbrica. El catálogo reúne coprolitos de 36 yacimientos, desde hace unos 538.8 millones de años hasta al menos 494.2 millones, pero sus autores advierten que todavía no está demostrado que ese material elevara la producción primaria del océano.

El trabajo se titula “The Cambrian fecal revolution: Fueling the Cambrian Radiation” y no presenta fósiles nuevos. Kimmig y Bicknell rastrearon la literatura primaria en inglés, alemán y francés hasta reunir cada aparición reportada de coprolitos cámbricos.

Un coprolito es un fósil traza que conserva un excremento fosilizado y registra el comportamiento del animal, no su cuerpo. En esta revisión, las heces fosilizadas aparecen al arrancar el Cámbrico y se multiplican, aumentan de tamaño y adquieren mayor complejidad al mismo ritmo que los animales que las produjeron.

Los autores llaman revolución fecal a ese patrón. Según su propuesta, esa acumulación habría introducido un flujo nuevo de materia orgánica y nutrientes en un océano que antes no lo tenía, y habría acelerado la formación de los primeros ecosistemas marinos hace unos 540 millones de años.

El catálogo cubre 36 yacimientos. No se conoce un coprolito del Proterozoico, el eón anterior. La figura de la revisión muestra ejemplos de Australia, Groenlandia, Norteamérica y China, aunque el estudio no publica la lista completa.

Como referencia geográfica de ese periodo, Murero, en Zaragoza, es un yacimiento cámbrico con conservación excepcional de partes blandas. Fue el primer sitio estrictamente paleontológico que España declaró Bien de Interés Cultural, en 1997.

Una impresionante explosión de fuegos artificiales iluminando el cielo nocturno con colores vivos y destellos.
Foto: BreWoodsy / Pexels

El registro empieza en cero y se llena rápido

Los autores ordenaron las piezas por tamaño y fijaron la frontera en un milímetro. Las mayores conservan fragmentos de concha y películas orgánicas; las menores son pellets reemplazados por minerales de fosfato. Las formas más raras y antiguas son cintas fecales aplanadas y carbonosas, registradas solo en cuatro yacimientos, todos del Cámbrico más bajo.

El inventario incluye cilindros, elipsoides, círculos y alfombras fecales que el estudio describe como explotadas. Esa variedad apunta a productores distintos, aunque la mayoría todavía no tiene productor identificado.

En el Cámbrico más temprano no aparecen coprolitos macroscópicos. La ausencia encaja con un mundo que aún no tenía animales grandes capaces de producirlos.

“La importancia de las heces en los ecosistemas antiguos suele pasarse por alto”, dice Russell Bicknell, biólogo evolutivo y paleobiólogo de Flinders University.

Un intestino con salida cambió el ritmo de la comida

Antes del Cámbrico, comer era más lento. Los primeros animales complejos aparecieron hace unos 600 millones de años, durante el Ediacárico, y casi ninguno de sus fósiles conserva un tracto digestivo.

Los contenidos intestinales más antiguos conocidos pertenecen a Calyptrina, de aspecto parecido a un gusano tubícola, y Kimberella, con aspecto de molusco. Ambos datan de hace unos 558 millones de años, pero nadie sabe si alguno producía pellets fecales. En todo ese periodo solo hay un intestino pasante confirmado, el de los cloudinomorfos, un cilindro simple que unía boca y ano.

Con una sola abertura, el animal debía devolver lo comido antes de volver a alimentarse. La aparición de un intestino con dos extremos habría eliminado ese cuello de botella y habría acompañado el resto del plan corporal que hoy damos por sentado.

El naturalista Chris Packham lo resumió en una entrevista con IFLScience: “Sin ano, no hay cabeza”.

Ya en el Cámbrico más temprano, unos hiolitos del sur de Francia conservan tractos digestivos en tres dimensiones, con un tubo anal recto y pliegues en zigzag. Los artrópodos desarrollaron intestinos anteriores y glándulas digestivas que hicieron más eficiente el procesamiento y probablemente les permitieron procesar alimento de mayor tamaño y dureza.

Quién dejó las heces y quién se las comió

La mayoría de los coprolitos no tiene productor identificado. Su contenido ofrece la pista: casi siempre apunta a animales que cazaban, carroñeaban o comían detritos en el fondo marino. Entre los fragmentos reconocibles aparecen esponjas, hiolitos, gusanos priapúlidos, trilobites y agnóstidos.

Algunos coprolitos quedaron dentro de madrigueras rellenas, una ubicación que descarta a un depredador nadador rápido. Los ejemplares grandes de Emu Bay Shale, en el sur de Australia, podrían proceder de Redlichia rex, un trilobite cuyas patas tenían espinas capaces de triturar conchas.

Los cangrejos herradura actuales que comen bivalvos dejan heces angulosas muy parecidas. Bicknell trabajó en Emu Bay Shale y sigue prefiriendo esa explicación.

“Cuentan una historia muy interesante de trilobites comiéndose a otros trilobites”, dijo Bicknell a Earth.com.

En Burgess Shale, más de un tercio de los ejemplares de Ottoia prolifica con contenido intestinal preservado llevaba dentro fragmentos de hiolitos, braquiópodos y trilobites. En Ravens Throat River, Canadá, trilobites, agnóstidos e hiolitos completos aparecen preservados encima de coprolitos.

Entre 529 y 507 millones de años, los detritívoros se extendieron por las plataformas marinas y las madrigueras se hicieron más profundas. Ese movimiento empujó hacia abajo la frontera entre el sedimento con oxígeno y el sedimento sin él, y abrió nichos que antes no existían.

Los pellets más pequeños miden menos de un milímetro, mientras algunas piezas alcanzan varios centímetros. Muchos de estos fósiles caben en la punta de un dedo. Como contraste, un T. rex llamado Gus se vendió en 50.1 millones de dólares. En la revisión, el interés de estas piezas pequeñas está en la información que conservan sobre la alimentación y el movimiento de nutrientes en el fondo marino.

El mismo flujo mueve carbono en el océano actual

En el océano actual, los pellets fecales forman una parte importante del flujo de partículas que desciende desde la superficie iluminada hasta el fondo. Su participación en el carbono orgánico particulado puede llegar al 100%, aunque por lo general se mantiene por debajo del 40%.

Esos pellets transportan carbono, hierro, nitrógeno y fósforo, y los depositan en una forma más fácil de aprovechar. La coprofagia es común entre los animales marinos actuales, y los pellets pueden concentrar más nutrientes que otras fuentes de alimento.

Según los autores, ese sistema comenzó en el Cámbrico. Para Bicknell, el registro fósil conecta la evolución de las estrategias de alimentación con la producción y distribución del carbono orgánico, primero en las condiciones del océano moderno y, más tarde en tierra, con el fertilizante usado para producir nuestra comida.

La revisión marca lo que falta demostrar

El trabajo no afirma que las heces causaran por sí solas la explosión cámbrica. Kimmig y Bicknell presentan la revolución fecal como un factor que acompaña a la oxigenación, las interacciones ecológicas y los cambios evolutivos. El efecto de la materia fecal sobre la producción primaria del océano cámbrico sigue siendo hipotético.

También señalan límites concretos:

  • En los ambientes carbonatados, unos granos llamados peloides pueden confundirse con pellets fecales.
  • Los ciclos de nutrientes del Paleozoico temprano no funcionaban como los actuales.
  • Las heces del plancton son diminutas, se disuelven o se las comen antes de fosilizarse.

El hueco más importante está debajo del Cámbrico. Bicknell plantea revisar yacimientos del Ediacárico para buscar cualquier evidencia dentro del registro precámbrico.

Esta revisión no cambia la fecha de la explosión cámbrica ni el catálogo de animales que surgieron durante ella. Su propuesta es más acotada: usar coprolitos diminutos para rastrear cuándo apareció un flujo nuevo de materia orgánica y nutrientes en los ecosistemas marinos. La pieza pendiente está en los yacimientos del Ediacárico, donde una búsqueda adicional podría mostrar si el registro precámbrico conserva algo que hasta ahora no se ha encontrado.

Fuentes: 1, 2, 3, 4

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