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¿Es verdad que puede darte cáncer cerebral por usar tu teléfono?

En estos días pareciera que todo da cáncer: comer carne roja (¿o era comer verduras orgánicas?), estar sentado demasiado tiempo (aunque estar mucho de pie también hace daño), tener estrés... o incluso respirar (ya sabes, gracias a que la contaminación ambiental nos persigue). Pero de la muy larga lista de culpables, el uso de los teléfonos celulares está entre lo que causa más controversia porque una cosa es que los quiroprácticos nos regañen por nuestra terrible postura al mensajear y, otra muy distinta hasta rayar en lo preocupante que ingenieros, neurólogos y oncólogos sugieran que la señal inalámbrica de un gadget sea agente cancerígeno.

En 2011 la Organización Mundial de la Salud declaró que el tipo de radiación emitida por los dispositivos móviles era un factor de riesgo de cáncer cerebral (en la misma categoría que la cafeína y las verduras enlatadas), pero aunque dijo que se trataba de “una postura basada en estudios inconclusos”, pocos en Internet resistieron la tentación de sembrar algo de pánico —publicaciones respetables como el New York Times se fueron a lo sensacionalista— y casi al instante se repitió la misma pregunta en todas partes: ¿usar demasiado un smartphone llevará inevitablemente a desarrollar algún tipo de tumor maligno? Desde entonces, la duda va de un lado para otro, sin que nadie pueda decir algo definitivo.

Una zona muy gris de la ciencia

Entre las salvajes discusiones de la comunidad científica para encontrar una respuesta convincente, un nuevo estudio de la Universidad de Salud Pública de Sidney —en Australia— usa buenos argumentos para intentar convencernos de no tener miedo. Simon Chapman, profesor emérito y uno de los coordinadores de la investigación, dice que de haber una correlación en el uso de dispositivos móviles y los agentes cancerígenos, “ya estaríamos viendo un incremento considerable en los casos de tumores de todo tipo, ya que el uso de teléfonos celulares dista de 1987”.

“En algunas regiones del mundo hasta 90% de la población ya utiliza smartphones e incluso existen personas que los usan desde hace más de 20 años. A pesar de todo, no hay ese incremento significativo que tanto se advierte". Dicho de otro modo, si ya llevamos tanto tiempo conviviendo con dispositivos móviles ¿por qué todavía no hay una epidemia de cáncer a escala global?

Dado que el estudio se hizo únicamente en Australia, los resultados podrían considerarse tendenciosos, pero el equipo de investigación se esforzó en tomar una muestra suficientemente extensa para incrementar la veracidad de su conclusión. Reunieron datos históricos de 19,858 hombres y 14,222 mujeres, todos pacientes de cáncer cerebral, y los compararon con las estadísticas de uso de teléfonos celulares de 1987 a 2012; además de los datos numéricos, les hicieron entrevistas a cada uno —aquellos que quisieron participar y quienes seguían vivos a la fecha— para detectar incongruencias.

Hay una investigación epidemiológica llamada COSMOS que analiza los efectos de la radiación en 290,000 personas provenientes de muy diversos países; los resultados estarán listos hasta 2018

De acuerdo con la investigación, los índices de cáncer cerebral en hombres han crecido de manera casi insignificante (de 6.6 a 7.3 en cada 100,000 personas), mientras que en mujeres han permanecido “estables”. Si bien eso es válido específicamente para el país oceánico, sigue la misma tendencia de lo que ha mostrado la OMS en sus reportes: una incidencia muy baja dentro del panorama general.

Con base en este análisis, Chapman explica que el incremento de cantidad en los diagnósticos de cáncer podría deberse a los sistemas de detección más avanzados. “Las tomografías, las resonancias magnéticas y otras técnicas relacionadas se introdujeron en 1970, gracias a las cuales fue posible diagnosticar con mucha anticipación el desarrollo de un tumor. Previo a dichos métodos, la ciencia confundía el cáncer cerebral con otros padecimientos que sufren las personas de edad avanzada, como demencia o epilepsia; es posible que el porcentaje de cáncer hace 50 años haya sido similar que en la actualidad, sólo que no había un conocimiento tan avanzado con respecto de la enfermedad”.

Por supuesto, en un universo de estudios, investigaciones y estadísticas es difícil darle la razón a alguno, en especial porque muchos contradicen al resto. Además hay un gran problema con el método científico de preguntarle a las personas acerca de su experiencia respecto a situaciones muy específicas: que con frecuencia responderán "lo que se acuerdan" o lo que en ese momento creyeron haber experimentado. No es un secreto que la percepción humana cambia de acuerdo con el contexto y que las experiencias traumáticas pueden alterar algunos recuerdos. En este caso Chapman y su equipo detectaron que al menos 30% de la gente entrevistada exageraron las condiciones en las que supuestamente se originó su enfermedad; algunos decían que su uso del teléfono celular excedía de 20 horas diarias, cuando eso es humanamente improbable.

No toda la radiación fue creada igual

Lo mejor para resolver el enigma es ir directo a lo que sabemos: los dispositivos móviles sí producen radiación, pero también las antenas de radio, la instalación eléctrica de las casas, la televisión, el sol e incluso la Tierra. En pocas palabras, cada día somos bombardeados por incontables partículas cargadas de algún tipo de radiación, aunque no toda es dañina —muy al contrario de lo que nos tienen acostumbrados el cine y la televisión—.

De las numerosas formas de radiación que existen en nuestro universo hay 2 que están involucradas con esta polémica: ionizante y no ionizante. La primera lleva una carga de energía tan potente que es capaz de "arrancarle" electrones a la órbita de un átomo, lo que saca de equilibrio al núcleo y lo convierte en un ion —de ahí lo ionizante—; mientras tanto la segunda deja sin modificar al átomo y por consecuencia, no se considera perjudicial.

Que un átomo pierda electrones no parece algo grave en términos químicos, simplemente necesita tomar prestados los de otro que esté cerca o, mejor aún, compartir los que le quedan para formar una molécula. El problema es que en nuestro cuerpo hay moléculas tan complejas (desde proteínas y vitaminas, hasta el ARN), que una ionización violenta puede destruir el equilibrio corporal. Por esa razón las víctimas de radiación experimentan quemadas y heridas que "parecieran haber salido de la nada", pues el daño proviene de la escala microscópica, a nivel celular.

Ahora bien, de todas las moléculas que habitan nuestro cuerpo el ADN no tiene comparación en complejidad: cada una está compuesta por 204 mil millones de átomos. Cuando hay una mitosis (cosa que sucede casi 2 billones de veces al día en el humano promedio) la cadena de ácido desoxirribonucleico se divide a la mitad para copiar su código en la nueva célula. Si es que llega a haber un error en el proceso lo habitual es que se crea una célula con un ligero malfuncionamiento, la cual será desechada eventualmente. Pero a veces ese defecto sobrevive y se multiplica para convertirse en una mutación —a veces pasiva y hereditaria— o en una célula muy defectuosa (cancerígena); si se multiplica con suficiente velocidad termina por convertirse en un tumor. Eso explica la necesidad de erradicar todas y cada una de las células malignas para ponerle alto a la propagación del cáncer en el cuerpo del paciente.

Ante ese contexto es fácil pensar que cualquier tipo de radiación afectará eventualmente a las células dependiendo de qué tan constante sea el bombardeo y en opinión de algunos científicos la analogía que mejor encaja con dicha situación es el fenómeno de la lluvia: hay gotas muy pequeñas y finas que son imperceptibles al principio, pero después de algunos minutos se nota su presencia porque todo está mojado. Los oncólogos de la Universidad Örebro —en Suecia—, aseguran que ahí radica el mayor problema, ya que estamos expuestos a radiación de todas partes, todo el tiempo; es decir que el peligro ya no proviene sólo del teléfono que tienes en la mano, sino del creciente ecosistema de electrónicos y señales inalámbricas. En teoría es similar a lo que sucede con un horno de microondas, que un único rayo no tiene potencia suficiente para calentar tu comida y es hasta que se reúnen muchos en el mismo punto que comienza el proceso de cocción.

La verdadera incertidumbre

Entonces si estamos sumergidos en un océano de radiación, debería ser cuestión de tiempo para que quienes vivimos en las aglomeraciones urbanas suframos algún tipo de consecuencia negativa, ¿no?

Falso.

Por lo que todavía no hay una declaración definitiva en ninguno de los innumerables estudios acerca del cáncer cerebral —y su relación con los teléfonos celulares— es que los científicos desconocen cuál es la cantidad exacta de partículas con radiación que puede recibir el cuerpo humano antes de experimentar algún daño y, por otro lado, los dispositivos móviles reducen constantemente la cantidad emisiones electromagnéticas.

Lo cierto es que la diferencia entre radiación ionizante frente a la no ionizante es abismal en escala numérica. Las señales inalámbricas (Wi-Fi, Bluetooth, radiofónicas, de televisión) están en un extremo del espectro, en el rango de 3kHz a 300Ghz, mientras que el infrarrojo o la luz visibles se encuentran a la mitad, en los terahertz y, hasta el otro extremo en millones de terahertz, los rayos X y los terriblemente dañinos rayos gamma.

Los fabricantes de smartphones tienen que respetar un máximo de radiación impuesto por la Comisión Federal de Telecomunicaciones de Estados Unidos: 1.5W/kg

Tu teléfono opera en la frecuencia de 700Mhz a 2.5GHz (el Wi-Fi llega hasta 5GHz), así que incluso en la "peor" de las condiciones sigue estando a 1/1200 de la cantidad de radiación que produce la luz y a 1/9600 de los 2400 terahertz en que empiezan a ionizar los átomos. Para darle dimensión a las cosas, tu celular necesitaría una potencia energética 12 millones de veces mayor para igualar la radiación de los rayos X y 120 millones para estar en la categoría de los rayos gamma. Claro, no es como que 9600 smartphones en el mismo lugar tengan la capacidad para crear un "ambiente ionizado" porque la intensidad de la radiación depende de qué tan concentradas estén las partículas y de su longitud de onda en el espectro electromagnético. El mejor ejemplo se da con el uso de radiación gamma para fines médicos: en una cirugía usan dos rayos de baja potencia que por sí solos no son nocivos, pero una vez que convergen son capaces de matar células casi al instante.

No es de sabios desechar categóricamente otros puntos de vista, en especial cuando estamos en terreno científico, pero la falta de evidencia concluyente y el sentido común matemático nos hacen inclinarnos hacia lo más razonable: los teléfonos celulares, smartwatches y demás dispositivos móviles que utilizamos para todos los aspectos de la vida son incapaces de causarnos daño —ni de influir en la creación de células cancerígenas—, al menos hasta nuevo aviso. En todo caso tiene más sentido preocuparse por el síndrome de túnel carpiano que da por textear todo el día o por la disociación del contexto social inmediato (o sea aislarse de la gente que está alrededor).

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