“Nunca habíamos visto algo como esto antes. Podríamos haber presenciado un acto de nacimiento, en el que este objeto abandona los anillos para convertirse en una luna auténtica”, sentenció Carl Murray, astrónomo de la Queen Mary University of London (Universidad Reina María de Londres). El grupo de Murray considera que el arco del que surgió la protuberancia y esta misma son un efecto del campo gravitacional generado por un objeto cercano.
De acuerdo con algunas estimaciones, el cuerpo espacial (que fue nombrado Peggy en honor a la suegra de Murray) tiene un diámetro de casi 1 km, de manera que es demasiado pequeño para detectarlo voluntariamente. No obstante, las perturbaciones en el anillo A de Saturno sí son observables, y se cree que son una consecuencia de la presencia de Peggy.

“La teoría sostiene que, hace muchos años, Saturno poseía anillos mucho más grandes, capaces de formar lunas de mayores dimensiones. Conforme las lunas surgieron cerca del extremo, agotaron esos anillos y evolucionaron, de manera que las que se formaron al principio son las más grandes y lejanas”, añadió Murray.
El volumen relativamente pequeño de Peggy se debe a que los anillos ya no contienen suficiente material (hielo y roca) para originar nuevos satélites; de hecho, los astrónomos asumen que podría tratarse de la última luna de Saturno en surgir mediante ese proceso. En 2016, Cassini se aproximará a la ubicación de Peggy, en el extremo del anillo A del planeta, para obtener (con suerte) nuevas imágenes de ella.