De Souza limpió y cuidó del pingüino hasta que estuvo totalmente recuperado y pudo liberarlo al mar. Desde entonces, el pingüino al que De Souza ha nombrado Dindim, ha regresado cada año a visitar a su amigo humano, pasando temporadas de hasta 8 meses en la isla hasta que llega el verano y Dindim emprende el viaje de 3,200 kilómetros a la Patagonia para aparearse.
“Amo al pingüino como si fuera mi propio hijo y estoy seguro que el me ama a mí,” afirma De Souza. “Nadie más puede tocarlo. Picotea a todo el que lo intenta. El se recuesta en mi regazo, me deja darle baños, me permite cargarlo y alimentarlo con sardinas.”
Mario Castro, un pescador local, dijo en una entrevista para el Wall Street Journal que “lo más gracioso de todo, es que el pingüino a veces se queda una semana, después camina hasta la playa y se va. Pasa de 10 a 15 días lejos, pero siempre regresa a la misma casa.”
No es raro que los pingüinos de magallanes o pingüinos patagónicos lleguen a Brasil, pero nunca se habia reportado un caso como el de JinJing, tan al norte de Rio de Janeiro, haciéndolo un encuentro único y peculiar. El biologo Joao Paulo Krajewski, que entrevistó a De Souza para Globo TV dijo “Nunca había visto nada como esto. Pienso que el pingüino cree que Joao es parte de su familia y probablemente crea que es un pingüino también. Cuando Dindim lo vé llegar, mueve la cola como perro y grazna de felicidad.”