
La obsesión por el control que trajo consigo la evolución de nuestra tecnología digital ha permeado la agricultura. Una de las principales preguntas de la industria alimentaria es cómo producir más e invertir menos. La “eficiencia” es el principal motor motivacional. Dadas las tendencias de crecimiento de población humana la pregunta también trae repercusiones para los terrícolas del futuro. No se diga por el lado ecológico: más tierras de siembra causarían graves problemas al ecosistema y no son sustentables. Debemos mejorar nuestra producción alimentaria pronto.
Una de las propuestas más celebradas y polémicas a la vez es la de las granjas verticales. El concepto, propuesto por Dickson Despommier de la Universidad de Columbia en 1999, consiste en utilizar el espacio de un rascacielos para producir en la misma área un número exponencial de veces mayor de comestibles, reduciendo así las limitaciones de la siembra horizontal. Cambiar de un modelo de siembra plana a cúbica.
Siembra en tres dimensiones

Al sembrar en niveles, uno sobre otro, el único límite es el número de pisos del edificio. Un rascacielos convencional en medio de una zona urbana podría producir el alimento de toda su sección. Una ciudad que produce su propio alimento reduce las emisiones de dióxido de carbono generado por el transporte de los productos alimenticios al ya no depender de otras regiones para abastecerse. ¿Lo mejor de todo? Que cualquiera podría sembrar en su casa.

Otro de los beneficios de las granjas verticales es que al ser ambientes controlados a puerta cerrada, aislados del medio ambiente, pueden producir alimento todo el tiempo. Al controlar las condiciones climáticas, de humedad, de nutrientes, de agua, no se desperdicia nada.
En cuestiones de agua, las granjas verticales consumirán apenas el 5% de lo que consume la siembra horizontal. En un mundo donde las sequías son cada vez más prolongadas y hay regiones vastas sin agua potable, esto puede ser un gran beneficio.
Agreguemos la ausencia de plagas y el control absoluto sobre la alimentación de la planta, lo que vuelve innecesario el uso de pesticidas y produce plantas más nutritivas y tenemos lo que parece un modelo ganador de agricultura para el futuro. ¿Pero es realmente así?
El otro lado de la moneda

Las granjas verticales tienen dos problemas grandes, lo que también le da un gran número de detractores a la propuesta. El primero es la ineficiencia actual para crecer siembras de alto impacto, como el maíz, la soya y el trigo, que a su vez representan el mayor uso de suelo para sembrar del continente americano. Para una humanidad alimentada con cereales eso no parece provechoso.
Las granjas verticales sólo son capaces, ahora, de producir vegetales verdes como lechugas, espinacas, cilantro, albacaha, y algunas hortalizas como tomate, chile, calabazas. Aún si se produjera todo lo que se produce en los Estados Unidos de estos productos con granjas verticales, más del 85% de las tierras de siembra se seguirían utilizando para cereales y el espacio restante no alcanzaría para producir el faltante para alimentar a una población en constante crecimiento.

A la larga, la granja vertical no podría abastecer las necesidades de alimentación humanas a menos que consumiéramos menos cereales. A menos que se volvieran capaces de producir cereales, el problema es que para ello se requiere una enorme cantidad de energía solar y no hay aún una manera de solucionarlo por medio de iluminación artificial.
Lo cual nos lleva al segundo gran problema de las granjas verticales según sus detractores: no son eficientes en el consumo de energía. No sólo eso, sino que al estar alimentadas por energía eléctrica su huella de carbono es casi veinte veces mayor por hectárea que la siembra horizontal.
Ya que la mayoría de la energía utilizada por las redes energéticas del continente proviene de fuentes no renovables, en su mayoría de combustibles fósiles, el impacto ambiental de una granja vertical en una ciudad puede ser un gran desalentador en el tema. Para crecer tan sólo el trigo que produce Estados Unidos en un año con energía eléctrica, se necesitaría la misma cantidad anual de energía que consume Estados Unidos. Considerando que tan sólo un máximo del 5% de la energía que produce Estados Unidos proviene de fuentes sustentables en este momento, no parece una alternativa posible a corto plazo.
¿Podrá funcionar algún día?
El problema de la energía podría solucionarse con fuentes renovables, aunque para ello falta que la tecnología evolucione mucho. Un par de paneles solares son suficientes para satisfacer las necesidades de consumo energético de una familia humana, pero no para crecer plantas.
Cuando los vegetales crecen en el suelo reciben toda la energía del sol durante el día. La cantidad de energía que necesitan no puede capturarse aún con paneles solares y, aunque la respuesta puede ser conectar mas paneles, la energía que requiere la planta en forma de luz tiene otras limitaciones. Los focos actuales tan sólo pueden convertir hasta un 50% de la energía que reciben en luz, por ejemplo.
Pero una granja vertical no necesita energía sólo para darle luz a las plantas. Necesita mantener una temperatura y humedad estables, lo que las hace dependientes a sistemas de aire acondicionado y humidificación, que consumen cantidades enormes de energía. Necesita sistemas de cómputo integrados a una nube que recolecte información del suelo, de las condiciones ambientales, de los nutrientes, del desarrollo de la planta, lo que también consume mucha energía. Bajo condiciones actuales no es viable.
Quizá es posible que suceda algún día. O puede que sólo funcione a pequeña escala, en casa, para producir ciertos productos que de otro modo serían demasiado costosos o inaccesibles, sobre todo en zonas donde las condiciones climáticas no permiten su producción. Pero para que sea posible a grande escala se necesita primero transformar las redes energéticas y encontrar una manera de producir cereales de manera eficiente o cambiar nuestras dietas. La cuestión energética es una cuestión de tiempo, con eso pueden contar las granjas verticales, pero con cambiar hábitos alimenticios quién sabe.